Cuando en mi pubertad fui “comerciante en cactus procesados” en mi pueblo en aquellos ya lejanos y añorables tiempos...

 

      ...nopalero pues!.

 

Tabasco no era buena plaza para mi, estaba ya hacía mucho tiempo acaparada por mi buen amigo Álvaro "el Tacuache" aunque creo que él nunca me consideró su amigo y  cuando me atrevía a vender en su plaza interrumpía su muy propio pregonar en forma de canto y me miraba con cierto recelo.

 foto: cortesía del Licenciado en psicología Paul Durán Avila.

Pero algunas veces recorría el pueblo con lo fresco de la mañanita antes que el sol asomara por el Cerro Alto, de puerta en puerta con mi cubeta de lámina llena de nopalitos picados y una taza azul de plástico para servir las porciones deseadas por las señoras.

 

Mis clientas, quienes salían secándose las mojadas manos en su mandíl -casi siempre de nejayote-  y embozadas en su rebozo protegiéndose del frio mañanero, otras veces estaban barriendo el tramo de su calle, dejaban la escoba recargada por ahí y entraban a traer una vasija, siempre pedían pilón y hasta había aquellas que vigilaban celosamente que la tasita estuviera copeteadita a más no poder.

 

 Lo que más me atraía de vender en el pueblo era que, ya después de el largo recorrido, con mis pies ya cansados y al ver que ya no vendería mi mercancía, me acercaba a la casa de Don Meregildo Ramírez el panadero.

 foto:cortesía del Profesor Ricardo Santana Hernández

Entraba a su panadería aspirando  deliciosamente los olores del pan de la mañana, y divisaba a media penumbra la silueta alumbrada levemente por el resplandor del horno de un hombre de complexión menuda con una gorra de beisbolista mal puesta, junto a las paredes había estantes con unas latas de lamina planas llenas de diferentes panes y en mesas había amplios canastos de carrizo típicos de panadero, unos ya preparados en espera de los chavos que le ayudaban a repartirlos por las tiendas del pueblo, él, ensimismado en su tarea no se daba cuenta de mi presencia de inmediato, pero una vez que me descubría inmediatamente me ofrecía algún pan con su voz amable.

 

 Como estas muchacho? buenos días!.

 

Yo no respondía el saludo, aun no acostumbraba a saludar de palabra a los adultos y solo sonreía levemente.

 

Quieres un pan?.

 

Ándale, agarra del que quieras.

 

 Mira este aun quema las manos, caliéntatelas!.

 

La variedad era bastante y no era fácil decidirme por uno, pero casi siempre me decidía por los cortaditos con su glaseado rosita encima y si era del bordito y esquina pues mejor, me gustaba que fuera más durito y hasta quemadito.

 

 Después de darle unas mordidas a mi cortadito esperaba a que estuviera menos ocupado y le preguntaba por su esposa.

 En la foto aparecen el señor Don Meregildo Ramírez y su señora esposa Raquel Dávalos Rodríguez.

foto: cortesía de la doctora Gloria Angelica García.

 

Oiga Don Meregildo no 'sta Doña Raquel?.

 

 Sí, por allá debe estar adentro, pásate muchacho. -creo que nunca supo mi nombre-.

 

 Me encaminaba hacia el fondo de la panadería que comunicaba con la casa y encontraba a Doña Raquel atareada en sus quehaceres matinales.

 

Doña Raquel, mi 'ama le mandó nopales, -lo cual era mentira pero, como eran amigas por ser del mismo rancho  pues me lo creía o pretendía creerlo-.

 

Le daba gusto saber el envió, vaciaba mi cubeta, la lavaba y  me decía...

 

          ... Vente, sígueme pa'ca.

 

Nos encaminábamos de vuelta a la panadería y enseguida me la llenaba completita de pan; cierto es que era pan del  día anterior pero también me daba fresco del  día actual, y todo estaba de lo mejor.

 

 Me despedía apresurado y dilación se me hacía salir de ahí para  empezar a degustar tan rico manjar; todito el camino desde la panadería hasta el barrio  iría comiendo pan y mis pasos no eran apurados, no había prisa alguna por llegar, mi camino era disfrutado a plenitud.

 

En mi paso por la tienda de los Hernández, los hijos de Don Alfonso, miraba en lo alto de los estantes unas cajas de cereal kellogg's del único que existía, el del gallito y se me iban los ojos, tenía tanta tentación de probar eso, influenciado tal vez por los comerciales que se miraban borrosos en las televisiones a blanco y negro de aquellos tiempos.

 El precio era  lo que me detenía a adquirirlo pues con la misma cantidad podría fácilmente adquirir una bolsota de pan y pues siempre me decidía por el pan; pero mi esperanza  ahí seguía y este día al ver mi cubeta llena de pan decidí que el día de comerme un corn flakes había llegado...

 

 Entre decidido a la tienda y como el precio lo sabía ya de memoria solo le dije a José...

 

Me da una caja de confleis...    ...de la grandota!.

 

Esa cuesta más muchachillo -dijo como pausando sus palabras-.

 

Yo solo alargue mi mano llena aun de migajas de pan, ya con la cantidad exacta de la cajota del gallito y José tomo el dinero con cierto asombro.

 

Enseguida se trepo en un banquito y alcanzo la  mentada caja toda polvosa, pues creo que no había muchos consumidores de cereal y seguro ya tenía un tiempecito en dicho estante, con la manga de la camisa le dio una limpiadita y soplándole levemente levanto un polvillo y me la extendió.

 

Se ve que tienes ganas de cereal, muchachillo!.

 

 Mi brazo encontró su brazo con un ansia descontrolada, como un sueño por fin realizado, ahora tenía  mi caja de cereal en mis manos, por fín  comería ese producto que tanto anunciaba la tele.

 

 La sopesé y me pareció muy liviana y dudé en si estaría media vacía, pero estaba bien cerrada...

 

Así son de livianitas muchacho, llévatela.

 

 Salí disparado hacia mi casa, de verdad que me pareció demasiado lejos el tramo hasta mi destino, tiré por ahí la cubeta de los nopales ahora llena de pan y apresuradamente abrí la caja de cartón,  y esperé oler algo dulce pero mas olía algo salado o neutro.

 

Busqué una cazuela de barro, -por cierto que tambien con el mismo truco, llegaron a mi casa al llevarle nopales a la esposa de Don Crescencio López-; la más grandota y le vacié un buen contenido con cierta torpeza y atrabancadamente que algunos pedacitos cayeron sobre la mesa derramados, parecían hojitas secas de granjeno, no les permití quedarse ahí y los engullí vorazmente.

Mi madre se asomo a ver qué hacía y al ver  la cazuela me dijo...

 

Pos c'roque vas a comer basura m'ijo, me hubieras dicho pa' guardarte las hojitas que barrí esta mañana.

 

No 'amá, son confleis!.

 

Ah que tus trazas m'ijo vo’acrer qu’eso se come?.

 

'Amá Raquel le mandó pan, mire la cubeta 'ta bien llena  -otra vez la mentira-.

 

A pos al ratito me sentaré a comer pan m'ijo.  -dijo, retirándose enseguida-.

 

 La caja seguía en mis manos miraba el dibujito de un tazón servido a tope de cereal con leche y coronado con bananas...........

 

                                        ...leche!.

 

  ...leche?.

 

Huy, que tontería hice? y solo atiné a rascarme la cabeza.

 

No tenemos leche, en mi casa no hay leche nunca!.

 

          ....y esto lleva leche!.

 

 M’a y 'ora?.

 

Tomé un puñito de cereal y lo saboreé mientras pensaba en qué hacer...

 

          ... agua!!!

 

 Un poquito de agua le haría bien, los haría menos duritos y seguro sabrían bien. -pensé a modo de consolarme solo-.

 

Me dirigí hacia la esquina de la cocina donde  estaba un cántaro rodeado de húmeda arena y tapado con una jícara,  -residuo claro de algún coco que algún día comimos en familia-; le puse un poquito de agua a mi platillo improvisado tomé una cuchara de peltre y los probé,  ahora estaban blandos pero desabridos, miré a la cubeta que colgaba de un garabato de otate desde una viga a media cocina; ahí mi madre guardaba celosamente de mi, el azúcar; pero estaba alta, aunque sabía bien como lograr robarla pues varias veces lo había hecho.

La otra opción era sacar una cuchara de miel ya azucarada del cantaro que mi padre guardaba en una esquina como oculto, producto de sus colmenas, pero me decidí por la azucar así que acerqué una silla y desde ahí alargué mi brazo logrando alcanzar un buen terrón de azúcar, la puse en mi cazuela y ahí me supo mejor.

 

 Confleis con azúcar y   ... agua!.

 Seguía siendo una delicia, no me levanté de ahí hasta que dí por terminada la caja completa y seguramente repetí esa gran comida en alguna otra ocasión pero esta vez si me aseguré de tener leche.

 

      ...infancia de carencias que pasé como muchos de mi Tabasco pero que con gusto la volvería a vivir.

 

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Comentario

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Comentario de lucita el mayo 4, 2013 a las 10:35am

Me encantó su relato Sr. Luis la sencillez es la mejor forma de escribir y lo hace de una manera hermosa. No recuerdo el pan de los señores que menciona pero si recuerdo que no había mejor pan para mi que el de Tabasco, mi tío Nano vendía en su tienda, estaba hecho en la casa de él pues tenían panadería. No se en que tiempo dejaron de venderlo pero el aroma era irresistible desde muy temprano. Saludos

Comentario de Luis H. Rodríguez Silva el mayo 2, 2013 a las 5:53pm

Gracias a todos por sus comentarios.
Señor Zenaido Vizcaino, cuanta razon tiene usted al mencionar la influencia en caracter que se hereda de esas personas que de alguna manera nos ayudaron, que se adquiere una diferente forma de ver la vida, gracias de verdad a estas personas que esta vez menciono y muchisimas mas.

Comentario de Paul Duran Avila el abril 28, 2013 a las 10:20pm

Luis, un gusto leer sus textos. Siga así. Saludos.

Comentario de zenaido vizcaino el abril 28, 2013 a las 8:40pm

Estimado Sr. Luis H. como siempre mis felicitaciones por la manera en que escribe, pero sobre todo por la calidad humana con la que cuenta las historias. Esta la hemos leído mi esposa y un servidor y la verdad nos conmueve, será en parte porque compartimos ese ambiente de necesidad, en nuestra infancia, pero que gracias a esas grandes personas con las que nos encontramos y su bondad hoy las cosas son diferentes, nos inspiraron para buscar un mejor porvenir y cuando tengamos la oportunidad hacer algo de lo que de ellos aprendimos.

Comentario de R.hernandezhousecleaningservices el abril 28, 2013 a las 1:22pm

MUY BUENA ANEGDOTO MMMMMM LINDO MI TABASCO M

Comentario de G. ANGELICA GARCIA el abril 28, 2013 a las 11:58am
Como siempre Señor Luis historias realmente hermosas. Mi niñez TAMBIEN la vivi con sus hijas de don Mere y su señora Raquel. Muy buenas personas.

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